Supervivencia y Naturaleza (Survival & Nature).
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Supervivencia y Naturaleza (Survival & Nature).

Fundado en su primera etapa (Foro SyN-I) el 20 de enero de 2009, alcanzando un total de: 290.608 Mensajes, 85.248 Temas y 3.997 Usuarios. ~7 AÑOS DE SUPERVIVENCIA EN ESPAÑOL~
 
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 El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!

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lavondyss
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Mensajes : 71
Fecha de inscripción : 06/07/2011
Localización : el bosque perdido

MensajeTema: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 12:41:51

Lo puse en la versión 1.1 fel foro SyN, creo que no debería faltar su lectura en ninguna escuela, o dicho de otra manera, es bueno que todo el mundo que se interese en la naturaleza lo conozca.
Se escribió en 1953, hace años ya había gente con visión de futuro, de hecho creo que en todos los tiempos siempre ha habído gente
preocupada por su entorno y que ha mirado de vivir lo más cerca posible y en estrecho contacto con las fuerzas de la naturaleza.

El hombre que plantaba árboles

Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de
un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su
comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si
está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán
de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no
cabe equivocación posible.

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas
completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región
donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando
empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa
que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar
durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé
cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el
día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de
casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez
hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las
cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña
capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en
un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido.

Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra
desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad
insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido
en su comida... Tenía que cambiar mi campamento.

Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal
alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la
misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la
distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol
solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas
estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.

Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su
cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo
natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.

El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero
sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto
era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una
casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para
rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y
sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del
mar rompiendo en la playa.

La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle
engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que
todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con
el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después,
cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan
silencioso como él, era amigable sin ser servil.

Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El
pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía
perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más
de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de
robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por
carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas
y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en
verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La
ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo
continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón
en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más
recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte,
alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón
al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante,
que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de
locura, a menudo homicida.

Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un
saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a
mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las
malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su
trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue
toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de
bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más
pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente.
Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.

Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le
pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para
ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera
alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese
hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar.
Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.

Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan
gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí
un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él
lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de
que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en
absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor
que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros.

Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero
en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba
plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que
no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la
comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en
absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después
de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante
insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado
cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos
cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder
la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al
final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.

Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre.
Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre
era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde
tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había
retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su
perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que
como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta
situación.

Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria,
sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi
juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta
búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían
magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida,
en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más
que una gotita de agua en el mar.

Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un
semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía
de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando
plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie
de la tierra.

Al día siguiente nos separamos.

Un año más tarde empezó la
Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante
los siguientes cinco años. Un "soldado de infantería" apenas tenía
tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca
impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una
colección de sellos, y la olvidé.

Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la
desmovilización, y un gran deseo de respirar aire freco durante un tiempo. Y me
parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la
"tierra estéril".

El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado,
vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres
de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a
recordar al pastor que plantaba árboles. "Diez mil robles -pensaba- ocupan
realmente bastante espacio". Como había visto morir a tantos hombres durante
aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida,
especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de
cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba
muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y
despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro
ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque
amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le
había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles
imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más
altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me
quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero
silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y
tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma
de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos
pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...

Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas
hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules
sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en
Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido
-acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran
delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos.

Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de
cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con
determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua
corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos
los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la
serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un
caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono
anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus
poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la
zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas
para asegurar un mínimo abastecimiento de agua.

El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció
el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta
razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente
que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura
en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino
de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso
nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido
detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de
los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado
una generosidad tan magnífica y perseverante.

Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que
olvidar que Elzeald trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final
de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de
éste.

En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden
prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este
bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto
crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar
hayas en un lugar a 12 km.
de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de
edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al
año siguiente.

En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el
"bosque natural". La componían un alto cargo del Servicio de Bosques,
un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente
inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no
se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso
bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles
quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de
aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al
diputado.

Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le
expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard
Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había
tenido lugar la inspección.

El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en
silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos
la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación
silenciosa del paisaje...

En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban
cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún
el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y
tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo,
la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud
maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con
árboles.

Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas
especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente
preparado. No fue muy insistente; "por la buena razón -me dijo más tarde-
de que Bouffier sabe de ello más que yo". Pero, tras andar un rato y darle
vueltas en su mente, añadió: "¡y sabe mucho más que cualquier persona,
pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!".

Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de
Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger
la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno
de los carboneros.

El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra
Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que
quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en
1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo
peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros,
plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de
1.914.

Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces
ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la "tierra
estéril"; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en
el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí
la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el
nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región,
donde antes sólo había ruinas y soledad.

El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas
tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra,
subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del
hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que
serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era
desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud.

Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos
que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de
agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque;
pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los
arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre
murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a
su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como
símbolo irrebatible de renacimiento.


Además, Vergons era el resultado de ese tipo de
trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las
murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había
veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas,
recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y
flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios
y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.


Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al
terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el
espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de
cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados.


Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces
para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes
había
ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por
las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas
alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco,
los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra
era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad.
Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que
empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si
contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta
comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard
Bouffier.

Por eso, cuando reflexiono en aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas
físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canaan, me
convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo
la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria
para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre
anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de
Dios.

(Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon).

Jean Giono.
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lavondyss
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 12:49:52

El talante de Jean Giono o Olé tus huevos!!!

Hubo gente que al leer la obra pensaron que el protagonista era una persona real, a uno de ellos Director del Departamento de Aguas y Bosques e la región de Valderyon, en 1957, le escribió lo siguiente:


Querido Señor:

Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado.
El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor
precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis
ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es
obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El texto que usted
ha leído en "Trees and life" ha sido traducido al Danés, Finés, Sueco, Noruego,
Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco.
Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me ha
buscado recientemente para solicitarme la autorización para hacer un tiraje de
100 000 ejemplares del texto que van a ser repartidas gratuitamente en América
(algo que tengo bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho
una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que
me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue escrito.
Dicho sea de paso, esta historia no me aporta ningún céntimo.


Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para hablar
precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero que es ya el
tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar de que la palabra
política parezca bastante mal adaptada.


Muy cordialmente,

Jean Giono



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lavondyss
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 12:52:24

Y para los que no les va la lectura, en imagenes, muy bellas y una música fantástica:

http://video.google.es/videoplay?docid=-6371083785660174911
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LOBOLIBRE
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 15:04:12

Me ha gustado la historia ,sea verdad o inventada tiene mucha razon
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 15:49:13

Una maginifica historia
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Companhierro
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 22:07:57

Sea verdad, sea ficción creo que hay gente así, con esa amplitud de miras y generosidad. Bonita historia. Saludos.
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Mushotoku_do
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 17 Jul - 23:28:46

Una entrañable historia, obra de un espíritu idealista y responsable. El Señor Giono es digno merecedor de nuestro agradecimiento.

Obras así son necesarias para aperturar consciencias, en pro de nuestro tullido planeta.

lavondyss, gracias por aportarnos tan entretenida y bella historia.

Saludos.
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JOSEP
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Vie 5 Ago - 23:51:25

Hola amigos/as.
Me ha parecido una historia repleta de generosidad. Pienso que la mentalidad de la sociedad del momento hace que existan grupos de voluntarios/as que desinteresadamnente salen a la montaña cada año a realizar sus repoblaciones.
Yo mismo llevo a mis alumnos/as a plantar carrascas por nuestra montaña. Lo malo de algunas repoblaciones, sobre todo las organizadas por ayuntamientos, es que se hacen con especies que no son autóctonas o en una época erronea, ya que al político de turno le interesa salir en la foto y en invierno ya se sabe. No acude casi nadie a la montaña.
Desde aquí os invito a todos/as a que averigueis las especies autóctonas de vuestra zona, la mejor época para su replantación y salgais tan solo un dia al año a plantar algunos ejemplares. Ya vereis como os encontrais muy satisfechos.
Un saludo.
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Invitado
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Jue 18 Ago - 8:39:20

una gran historia , con un gran significado...plantemos hoy árboles, de los que quizás no comamos sus frutos, pero sí lo harán nuestros hijos..
un saludo
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Invitado
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 21 Ago - 9:37:06

tendrian que haber algunas personas asi
se arreglarian muchas cosas
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Marco A
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 21 Ago - 13:26:59



Un relato cortó con mucha profundidad. Desgranado y molido es muy nutritivo para el intelecto.

El joven caminante de los Alpes franceses que penetran en la Provenza apartado de la civilización que hace allí? que busca?

Allí busca liberarse del lastre y la máscara de las normas impuestas por la sociedad, busca su identidad propia sin los condicionantes del status quo, ni las propiedades, ni las influencias, se busca así mimo y la comunión con la Naturaleza.




La Tierra que fue habitada en otros tiempos yace ahora desolada y estéril por la explotación humana.

Los 4 o 5 pueblos esparcidos por la falda de la montaña son el reflejo de la civilización, alienación, miseria, ambición, competencia, codicia, conflicto, rencores, odio, vida insana e insalubre.




El hombre que vive en las montañas libre, autosuficiente con su oficio de pastor, hospitalario, parco, dueño de sí mismo, trabajador, ordenado, aseado, meticuloso, amigable, equilibrado, inalterable…

Nuestro héroe homérico es un simple y pobre pastor mortal, su nombre es Elzeard Bouffier, perdió su familia y se refugió en las montañas buscando la tranquilidad.

El cual Prometeo nos regala una dicha como el conocimiento del fuego, la regeneración del ciclo de la vida.

Resuelto a resolver la herida de muerte de la tierra, metódicamente todos los días siembra 100 bellotas, y planea trasplantar hayedos y abedules.

10 años trascurridos brotaron de las manos y de la voluntad de un solo Hombre un bosque joven de robles, hayas y abedules extendiendo la dicha allá donde hay el elemento vital, agua.
El bosque influye en el clima que nos regala la benéfica lluvia, el agua y su ciclo transforma la tierra, donde todo era yermo excepto la lavanda silvestre, florece al abrigo del bosque flora, sauces, juncos, prados, jardines, flores. Y fauna liebres o jabalíes.

Los recursos naturales atraen la vida humana, Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas En las laderas bajas pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados. Y con la abundancia de recursos mana espontáneamente la dicha y la alegría.




He indagado un poco sobre el escritor Jean Giono es un humanista renacentista en pleno siglo XX, buscare sus obras y me impregnare de sus ideas.

Gracias lavondyss por el relato tan…productivo y por darme a conocer a este escritor no conocido por mí.




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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Dom 4 Sep - 0:13:23

Muchas gracias por el relato. Estoy deseando que llegue mañana para leerselo a mi hijo, espero que le haga pensar.
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Mar 13 Sep - 21:05:44

Bonita historia.

Gracias por postearla.
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Miér 14 Sep - 1:43:48

Gran historia que desconocía, gracias por postearla. Un saludo cheers
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MensajeTema: Re: El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!   Hoy a las 2:54:14

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El hombre que plantaba árboles - Importante!!!!!!
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